Buenos Aires a los dieciocho días de septiembre del 2022
No hay escapatoria, la realidad nos acompaña en cada huida.
Wislawa Szymborska
El viento sopla dentro de mí,
llueve dentro de mí, llena de agua estoy, los ojos fluyen afuera truena dentro de mí, la ira empuja hacia fuera golpea sobre el corazón como en un yunque, toda mi alma buena, mendiga, vocea, la obligan a salir de mí, cierra los ojos, retorciéndose las manos, se levantan,
Se abre la boca, las palabras pequeñas las dejo dentro de la boca ¡Quisiera volverme buena! ¿Lo has oído? Quiero conocer el sol.
Buenos Aires a los diecinueve días de junio del 2022
Estoy demasiado cerca para que él sueñe conmigo. No vuelo sobre él, de él no huyo entre las raíces arbóreas. Estoy demasiado cerca. No es mi voz el canto del pez en la red. Ni de mi dedo rueda el anillo. Estoy demasiado cerca. La gran casa arde sin mí gritando socorro. Demasiado cerca para que taña la campana en mi cabello. Estoy demasiado cerca para que pueda entrar como un huésped que abriera las paredes a su paso. Ya jamás volveré a morir tan levemente, tan fuera del cuerpo, tan inconsciente, como antaño en su sueño. Estoy demasiado cerca, demasiado cerca. Oigo el silbido y veo la escama reluciente de esta palabra, petrificada en abrazo. Él duerme, en este momento, más al alcance de la cajera de un circo ambulante con un solo león, vista una vez en la vida, que de mí que estoy a su lado. Ahora, para ella crece en él el valle de hojas rojas cerrado por una montaña nevada en el aire azul. Estoy demasiado cerca, para caer del cielo. Mi grito sólo podría despertarle. Pobre, limitada a mi propia figura, mas he sido abedul, he sido lagarto, y salía de tiempos y damascos mudando los colores de mi piel. Y tenía el don de desaparecer de sus ojos asombrados, lo cual es la riqueza de las riquezas. Estoy demasiado cerca, demasiado cerca para que él sueñe conmigo. Saco mi brazo que está debajo de su cabeza dormida, mi brazo dormido, lleno de agujas imaginarias. En la punta de cada una de ellas, para su recuento, se han sentado ángeles caídos.
Después de cada guerra alguien tiene que limpiar. No se van a ordenar solas las cosas, digo yo.
Alguien debe echar los escombros a la cuneta para que puedan pasar los carros llenos de cadáveres.
Alguien debe meterse entre el barro, las cenizas, los muelles de los sofás, las astillas de cristal y los trapos sangrientos.
Alguien tiene que arrastrar una viga para apuntalar un muro, alguien poner un vidrio en la ventana y la puerta en sus goznes.
Eso de fotogénico tiene poco y requiere años. Todas las cámaras se han ido ya a otra guerra.
A reconstruir puentes y estaciones de nuevo. Las mangas quedarán hechas jirones de tanto arremangarse.
Alguien con la escoba en las manos recordará todavía cómo fue. Alguien escuchará asintiendo con la cabeza en su sitio. Pero a su alrededor empezará a haber algunos a quienes les aburra.
Todavía habrá quien a veces encuentre entre hierbajos argumentos mordidos por la herrumbre, y los lleve al montón de la basura.
Aquellos que sabían de qué iba aquí la cosa tendrán que dejar su lugar a los que saben poco. Y menos que poco. E incluso prácticamente nada.
En la hierba que cubra causas y consecuencias seguro que habrá alguien tumbado, con una espiga entre los dientes, mirando las nubes.
Tal vez miré hacia atrás por curiosidad. Pero además de curiosidad pude tener otras razones. Miré hacia atrás porque me dio tristeza la escudilla de plata. Por distracción: amarrándome el cordón de la sandalia. Para no mirar más la nuca justa de mi marido, Lot. Por la seguridad repentina de que si yo muriera, él no se detendría Por la desobediencia natural de los humildes. Escuchando cómo nos perseguían. Conmovida por el silencio, pensando que Dios cambiaría de idea. Nuestras dos hijas se perdían ya tras la colina. Sentí la vejez en mí. El alejamiento. Lo inútil de viajar. Sueño. Miré hacia atrás mientras ponía mi hatillo en el suelo. Miré hacia atrás preocupada por el siguiente paso. En mi camino aparecieron serpientes, arañas, ratones de campo y polluelos de buitre. Ni buenos, ni malos; simplemente lo vivo, todo, brincaba y se arrastraba por un temor colectivo. Miré hacia atrás por soledad. Por la vergüenza de huir a escondidas. Por las ganas de gritar, de regresar. O porque justo entonces se soltó el viento, desató mi pelo y me levantó el vestido. Sentí que me veían desde los muros de Sodoma y se morían de risa, una y otra vez. Miré hacia atrás llena de rabia. Para gozar plenamente su ruina. Miré hacia atrás por todas las razones mencionadas. Miré hacia atrás sin querer. Fue sólo que una roca giró gruñendo bajo mis pies. Que una grieta de pronto me cortó el paso. En la orilla un hámster agitaba las patas delanteras. Y entonces ambos miramos hacia atrás. No, no. Yo seguí corriendo, arrastrándome y trepando hasta que la oscuridad cayó del cielo, y con ella grava ardiendo y aves muertas. Por falta de aliento varias veces perdí el equilibrio. Si alguien me hubiera visto, pensaría que bailaba. Es posible que haya tenido los ojos abiertos. Que haya caído mirando hacia la ciudad.
Nada ha cambiado.
El cuerpo es doloroso,
tiene que comer y respirar, y dormir,
tiene una piel delgada y justo debajo de ella, sangre;
tiene una considerable cantidad de dientes y uñas,
sus huesos son frágiles, sus articulaciones moldeables.
En las torturas, se tiene en cuenta todo eso.
Nada ha cambiado.
El cuerpo tiembla como temblaba
antes y después de la fundación de Roma,
en el siglo veinte antes y después de Cristo;
las torturas son como eran, sólo la Tierra se ha hecho más pequeña,
y cualquier cosa que pasa sucede en la casa del vecino.
Nada ha cambiado.
Únicamente hay más gente,
junto a antiguas culpas aparecieron nuevas,
manipuladas, reales, momentáneas y no culpas,
pero el grito con el que el cuerpo responde por ellas
era, es y será un grito de inocencia,
según una escala y un registro eternos.
Nada ha cambiado.
O sólo los modales, las ceremonias, los bailes.
El movimiento de las manos protegiendo la cabeza
sigue, no obstante, siendo el mismo.
El cuerpo se retuerce, forcejea, convulsiona;
cae derribado, contrae las rodillas,
se amorata, se hincha, babea y sangra.
Nada ha cambiado.
Excepto el curso de los ríos,
la línea de los bosques, de las costas, de los desiertos y de los glaciares.
Entre estos paisajes el alma vaga,
desaparece, regresa, se acerca, se aleja,
extraña para sí misma, inasible,
una vez segura, otra insegura, de su existencia,
mientras que el cuerpo está y está y está
y no tiene dónde meterse.
Wislawa Szymborska
.. Wislawa Szymborska . Kórnik . Polonia . 1923 - Cracovia . Polonia . 2012
Versión . Abel Murcia
... Imagen . Lisa Toboz
Él llegó a casa. No dijo nada.
Aún así, estaba claro, algo había salido mal.
Se acostó con la ropa puesta.
Se tapó la cabeza con la manta.
Flexionó las rodillas.
Tiene casi cuarenta años, pero no este momento.
Él existe tal como lo hizo en el vientre de su madre,
vestido con siete paredes de piel, refugiado en la oscuridad.
Mañana dará una conferencia
sobre homeostasis en la cosmonáutica mega galáctica.
Ahora, sin embargo, duerme en posición fetal.
Podía ocurrir.
Tenía que ocurrir.
Ocurrió antes. Después.
Más cerca. Más lejos.
Ocurrió; no a ti.
Te salvaste porque fuiste el primero.
Te salvaste porque fuiste el último.
Porque estabas solo. Porque la gente.
Porque a la izquierda. Porque a la derecha.
Porque llovía. Porque había sombra.
Porque hacía sol.
Por fortuna había allí un bosque.
Por fortuna no había árboles.
Por fortuna una vía, un gancho, una viga, un freno,
un marco, una curva, un milímetro, un segundo.
Por fortuna una cuchilla nadaba en el agua.
Debido a, ya que, y en cambio, a pesar de.
Qué hubiera ocurrido si la mano, el pie,
a un paso, por un pelo,
por casualidad,
¡Ah, estás? ¿Directamente de un momento todavía entreabierto?
¿La red tenía un solo punto, y tú a través de ese punto?
No dejo de asombrarme, de quedarme sin habla.
Escucha
cuán rápido me late tu corazón.
Corren uno hacia otro con los brazos abiertos,
exclamando entre risas: ¡Por fin! ¡Por fin!
Visten hábitos invernales,
cálidos gorros,
bufandas,
pesadas botas
-pero sólo a nuestros ojos
a los suyos, están desnudos-
Perdona, azar, que te llame necesidad.
Perdón, necesidad, si al tenerte me equivoco.
Perdonen, difuntos, que apenas los recuerde.
Perdón, tiempo, por todo lo que se me escapa en un segundo.
Perdóname, viejo amor, que el nuevo me parezca el primero.
Perdónenme, guerras lejanas, por traer flores a casa.
Perdonen, heridas abiertas, que acabe de pincharme
el dedo.
Perdónenme los que claman desde el abismo por
escuchar ese disco de minueto.
Perdónenme, los que corren en las estaciones, por quedarme
dormida al amanecer.
Perdón, esperanza azuzada, porque a veces estalle
de risa.
Disculpen, desiertos, por no ofrecerles ni una gota
de agua.
Y tú, halcón, idéntico desde siempre, enjaulado,
que miras fijamente el mismo punto,
perdóname, aunque seas un pájaro embalsamado.
Discúlpame, árbol cortado, por las cuatro patas
de la mesa.
Perdón, grandes preguntas, por darles respuestas
fútiles.
Verdad, no me hagas demasiado caso.
Trascendencia, muéstrate generosa.
Soporta tú, misterio del ser, que no haga más que
deshilvanar tu solemne velo.
No me condenes, alma, por tenerte tan rara vez.
Todo, perdóname si no estoy en todas partes.
Me disculpo frente a todo por mi incapacidad de ser
cada uno o cada una.
Sé que mientras vivo, nada me justifica,
pues yo mismo soy mi propio obstáculo.
Lenguaje, no me tomes a mal por servirme de tus
patéticas palabras
y luego empeñarme en que parezcan ligeras.
Nada en propiedad, todo prestado.
Endeudada hasta las cejas.
Tendré que pagar por mí
conmigo misma,
dar mi vida por la vida.
Así están las cosas,
el corazón, a devolver,
el hígado, a devolver,
y cada dedo también.
Es tarde para romper los términos del acuerdo.
Me van a arrancar las deudas
arrancándome la piel.
Camino por el mundo
entre el gentío de otros deudores.
En unos pesa el deber
de pagar sus alas.
Otros, queriendo o sin querer,
rinden cuentas de sus hojas.
En la columna del debe
todos los tejidos que hay entre nosotros.
Nada de pestañas, ni pedúnculos
que guardar para siempre.
El inventario es completo
y todo parece indicar
que nos quedaremos sin nada.
No consigo recordar
dónde, cuándo y para qué
permití que me abrieran
esta cuenta.
Llamamos alma
la protesta contra ello.
Y es lo único
que no está en el inventario.
Todo:
palabra impertinente y henchida de orgullo.
Habría que escribirla entre comillas.
Aparenta que nada se le escapa,
que reúne, abraza, recoge y tiene.
Y en lugar de eso,
no es más que un jirón de caos.
Recuerdo muy bien ese miedo infantil.
Evitaba los charcos tras la lluvia,
sobre todo los recientes.
Alguno podría no tener fondo,
aunque se pareciera a los otros.
Me meto y de pronto me caigo toda,
comienzo a volar hacia abajo,
y más y más abajo,
en dirección a las nubes reflejadas
y a lo mejor más allá.
Luego se seca el charco,
se cierra sobre mí,
y yo atrapada para siempre -dónde-
en un grito que no sale al aire.
Solamente después llego al entendimiento:
no todos los accidentes
siguen las reglas del mundo,
y aun si lo quisieran,
no pueden suceder.
Debe ser a elección.
Cambiar para que no cambie nada.
Es fácil, imposible, difícil, vale un intento.
Sus ojos son, si cabe, una vez azules, otra vez grises,
negros, alegres, sin causa llenos de lágrimas.
Duerme con él como una cualquiera, única en el mundo.
Le parirá cuatro hijos, ningún hijo, uno.
Ingenua, mas la que mejor aconseja.
Débil, mas podrá con el peso.
No tiene cabeza, pues la tendrá.
Lee a Jaspers, y revistas de mujeres.
No sabe el porqué de este tornillo y construirá un puente.
Joven, como siempre joven, todavía joven.
Sostiene en sus manos un gorrión alirroto,
su propio dinero para un viaje largo y ajeno,
un mazo, una compresa y una copa de vodka.
¿A dónde corre? ¿No está cansada?
Que no, un poco, mucho, no pasa nada.
O le quiere o se empeña.
Por lo bueno, por lo malo y por el amor de Dios.
Ambos están convencidos de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.
Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?
Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún "lo siento"
o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.
Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,
una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,
que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.
Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?
Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.
Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es más que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.