Después de tanto ardor– tanto tratar de encontrar las palabras y de tocar la carne, la tibieza de ambas, o tan sólo una manera de lidiar con sus efectos– después de tanto espacio que nos queda cuando lo buscamos, sin importar si lo encontramos o no, pienso, parada en la estación desierta de subte, mientras un chelista solitario munido de su arco hace que los armónicos graves retumben por la cueva, que debe ser deseo esto también: dirigirse no al músico (y sin nada de fuego), sino al tren: Sé, lento, sé lejano. Dejame que me quede este zumbido visceral en los pulmones. Obligame a esperar. No vengas nunca.
Robin Myers
. . Robin Myers . Nueva York . EEUU . 1987
Versión . Ezequiel Zaidenwerg
Buenos Aires a los tantos días de septiembre del 2020
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada. Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamentese cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.
Cortázar (Cuento de Final del Juego . 1956 . Fragmento )
. Julio Cortázar. Bruselas . Bélgica 1914 . París . Francia . 1984
Me gustaba mi cueva con su ventana mirando a una pared de ladrillos. Al lado había un piano y algunas noches al mes venía un viejo cojo a tocar “Mi cielo azul”.
Pero casi siempre había silencio. Cada cuarto con su araña en un abrigo grueso cazando a su mosca con una red de humo de cigarrillo y abstracción. Tan oscuro que no podía verme la cara en el espejo para afeitarme.
A las 5.00, arriba, un ruido de pies descalzos. La “gitana” adivinadora del local de la esquina se levantaba a orinar después de una noche de amor. Una vez, también, el llanto de un bebé. Tan cerca que por un momento creí que el que lloraba era yo.