Qué era, entonces, la belleza un hilo que me ataba la mirada a lo que habías visto a lo que habías querido. Qué era, entonces, un hilo que anudaba la fidelidad el plan para atarnos con certeza no volarnos en el viento del espacio porque la especie es frágil porque las tribus están amenazadas el fuego arrecia. La belleza era estar una a otro todos anudados, el hilo de entrenos en cada sitio, un lazo tremendo de una en otra, qué era, todos, la belleza. Ahora estoy acá, lejano del origen el borde en las plantas de los pies (todo raspa en este lugar, qué hermosura) parado en esta sombra que es la experiencia después de tanta lealtad, un poco cansado animado, un poco, al planeta aterrado porque al fin soy de la Tierra. Qué será, entonces, para mí, la belleza.
Ahora que la luz empieza a irse antes
como si todo fuese una cinta
que se mueve tan de a poco,
ahora que el anochecer se adelanta
se mete en el cuerpo y vuelve el impulso
automático de cerrar un poco las ventanas
de acomodar los libros sobre la mesa
porque es el fin del verano y no da igual
que las hojas se abran con la brisa
que se arqueen las tapas y muestren
los círculos del vaso transpirado que apoyamos
como los círculos de pasto quemado
que dejan los ovnis en el patio de atrás
de las casas de provincia.
Ahora que quiero dormir,
que pienso en sopa mientras trabajo todavía
ante a la misma ventana en la que ayer era el verano
y las golondrinas surfeaban el aire
y volvían a desbarrancarse y a aguantar
la respiración hasta emerger
otra vez
a la marea de esa fiesta.
Aunque ahora trabajo y me miento,
me digo que no estoy mirando alrededor
que no tiendo a las ventanas, que estoy tranquilo
me digo, que trabajo, que no miro de reojo,
que no las busco apenado cuando voy al cuarto
y paso por el ventanal del pasillo
en el momento en que una peripecia casual e imprevista
-ver volar a un aguilucho en el cielo de Constitución-
me detiene frente al vidrio y quedo
mirando al pájaro que se pierde
y estas ventanas abren todo lo que tienen de cielo
frente a mí,
para mí,
vacío,
lleno de congoja,
busco en el almanaque, pienso en fechas
que es pronto, que no puede ser
que falta para que tiren de la cinta
y para nosotros quede del lado gris.
Entonces me pierdo en los retazos de este día:
cuando salí me asombraron los manchones
de hojas sobre la vereda, pero me distraje
me entretuve como siempre, escuché canciones
pensé en todo lo que no pasó, en lo que pudiera,
y me distraje como siempre y había sido feliz
sin que me diera cuenta
y ahora deben estar
velocidad crucero rumbo al Norte
porque no las veo, porque tal vez se fueron,
porque deben de haberse ido adentro del verano
todo el verano en el que fui feliz por los pájaros
y me distraje. Me distraje.
Julián López
. Julián López . Buenos Aires . Argentina . 1965
... Imagen . Francesco Frizzera
Vivíamos en un departamento de dos ambientes con una cocina luminosa que daba al pulmón de un edificio modesto pero sofisticado, esas construcciones de los 50, de no más de tres pisos sin ascensor, fresca en verano, helada cuando llegaba el otoño. Nuestra casa tenía un baño revestido de mosaicos negros, junturas verde pálido y grifería que alguna vez fue importante pero que envejeció con la premura con que uno pasa las páginas de una revista de moda de temporadas anteriores. El departamento tenía un balcón inutilizable porque con solo abrir la puertaventana se caían a pedazos las molduras del frente. Además mi madre odiaba el hollín que llegaba desde la avenida a dos cuadras y también odiaba el ruido que venía desde más lejos, como del centro de los autos y de la circunvalación de los camiones, y temía a los pájaros que anidaban en los fresnos que daban su verde a nuestras dos ventanas. Una vez la vi refugiarse en mi cuarto por un pichón de calandria todavía sin plumas que la madre pájara habría arrojado del nido por imperfecto y agonizaba en el borde de nuestro balcón. Con un palito terminé de expulsarlo para que mi madre saliera de la madriguera y el pequeño monstruo terminara sus jadeos directamente en la calle.
Durante un rato lo miré para tratar de ver en qué momento terminaba de cuajar esa gelatina, en qué segundo terminaba el estertor. No tenía plumas y tenía los párpados sellados pero había sido desairado por su madre y temido por la mía: ya se podía morir.