Porque lo que sucede jamás sucederá, y porque lo que ha sucedido vuelve sin fin a suceder,
somos tal como fuimos, todo ha cambiado en nosotros, si hablamos del mundo es sólo para dejar desdicho
al mundo. Primer invierno: manzanas amarillas aún por caer de un árbol deshojado, las pisadas de ciervos invisibles
en la primera nieve, y más tarde la nieve, que no cesa. No nos arrepentimos de nada. Como si pudiéramos permanecer en esta luz. Como si pudiéramos permanecer en el silencio de este único instante
de luz.
Because what happens will never happen, and because what has happened endlessly happens again,
we are as we were, everything has changed in us, if we speak of the world it is only to leave the world
unsaid. Early winter: the yellow apples still unfallen in a naked tree, the tracks of invisible deer
in the first snow, and then the snow that does not stop. We repent of nothing. As if we could stand in this light. As if we could stand in the silence of this single moment
of light.
Paul Auster
. Paul Auster . Nueva Jersey . EEUU . 1947 . Nueva York . EEUU . 2024
Buenos Aires a los dieciséis días de noviembre del 2022
Mientras el nogal se partía me hubiera gustado tenerte a mi lado.
Mientras las ramas caían unas sobre otras y se amontonaban en la tierra, mientras la lluvia caía con insistencia y empapaba el pelo de mi abuelo y los huesos de mi madre, mientras mi hermana lloraba dentro de la casa y todo crujía y hacía frío.
Mientras tú no estabas ahí y las cosas pasaban rápidamente, yo pensaba lentamente en toda la gente que, a la sombra del árbol, se había quedado alguna vez dormida.
Mientras no me quedaba de otra yo pensaba con tristeza en toda la gente que, como yo, había encontrado un hueco entre las hojas un resquicio azul, y te había mirado.
Buenos Aires a los tantos días de septiembre del 2020
Tengo un solo enemigo. Nunca sabré de qué manera pudo entrar en mi casa, la noche del 14 de abril de 1977. Fueron dos las puertas que abrió: la pesada puerta de calle y la de mi breve departamento. Prendió la luz y me despertó de una pesadilla que no recuerdo, pero en la que había un jardín. Sin alzar la voz me ordenó que me levantara y vistiera inmediatamente. Se había decidido mi muerte y el sitio destinado a la ejecución quedaba un poco lejos. Mudo de asombro, obedecí. Era menos alto que yo pero más robusto y el odio le había dado su fuerza. Al cabo de los años no había cambiado; sólo unas pocas hebras de plata en el pelo oscuro. Lo animaba una suerte de negra felicidad. Siempre me había detestado y ahora iba a matarme. El gato Beppo nos mirabas desde su eternidad, pero nada hizo para salvarme. Tampoco el tigre de cerámica azul que hay en mi dormitorio, ni los hechiceros y genios de los volúmenes de Las mil y una noches. Quise que algo me acompañara. Le pedí que me dejara llevar un libro. Elegir una Biblia hubiera sido demasiado evidente. De los doce tomos de Emerson mi mano sacó uno, al azar. Para no hacer ruido bajamos por la escalera. Conté cada peldaño. Noté que se cuidaba de tocarme, como si el contacto pudiera contaminarlo.
En la esquina de Charcas y Maipú, frente al conventillo, aguardaba un cupé. Con un ceremonioso ademán que significaba una orden hizo que yo subiera primero. El cochero ya sabía nuestro destino y fustigó al caballo. El viaje fue muy lento y, como es de suponer, silencioso. Temí (o esperé) que fuera interminable también. La noche era de luna serena y sin un soplo de aire. No había un alma en las calles. A cada lado del carruaje las casas bajas, que eran todas iguales, trazaban una guarda. Pensé: Ya estamos en el Sur. Alto en la sombra vi el reloj de una torre; en el gran disco luminoso no había guarismos ni agujas. No atravesamos, que yo sepa, una sola avenida. Yo no tenía miedo, ni siquiera miedo de tener miedo, ni siquiera miedo de tener miedo de tener miedo, a la infinita manera de los eleatas, pero cuando la portezuela se abrió y tuve que bajar, casi me caí. Subimos por unas gradas de piedra. Había canteros singularmente lisos y eran muchos los árboles. Me condujo al pie de un de ellos y me ordenó que me tendiera en el pasto, de espaldas, con los brazos en cruz. Desde esa posición divisé una loba romana y supe dónde estábamos. El árbol de mi muerte era un ciprés. Sin proponérmelo repetí la línea famosa: Quantum lenta solent inter viburna cupressi.
Recordé que lenta, en ese contexto, quiere decir flexible, pero nada tenían flexibles las hojas de mi árbol. Eran iguales, rígidas y lustrosas y de materia muerta. En cada una había un monograma. Sentí asco y alivio. Supe que un gran esfuerzo podía salvarme. Salvarme y acaso perderlo, ya que, habitado por el odio, no se había fijado en el reloj ni en las monstruosas ramas. Solté mi talismán y apreté el pasto con las dos manos. Vi por primera y última vez el fulgor del acero. Me desperté; mi mano izquierda tocaba la pared de mi cuarto.
Qué pesadilla rara, pensé, y no tardé en hundirme en el sueño.
Al día siguiente descubrí que en el anaquel había un hueco; faltaba el libro de Emerson, que se había quedado en el sueño. A los diez días me dijeron que mi enemigo había salido de su casa una noche y que no había regresado. Nunca regresará. Encerrado en mi pesadilla, seguirá descubriendo con horror, bajo la luna que no vi, la ciudad de relojes en blanco, de árboles falsos que no pueden crecer y nadie sabe qué otras cosas.
palabra de Borges (Los conjurados . 1985 )
. Jorge Luis Borges . Buenos Aires . Argentina . 1899 . Ginebra . Suiza . 1986
... Imagen . Albarrán Cabrera
En la piedra
(como él
dormida para desaparecer)
pudo guarecerse el Buda.
Le han grabado en los pies
el envés del universo,
toda la historia en una sola huella:
sólo de la progresión de un mismo instante
puede nacer un dios,
por eso no alcanza a la naturaleza.
La piedra todavía es hombre
le amansa la forma
la memoria
ni cuando sea polvo
podrá escapar al dios
no tienen espacio
las distancias,
la canción que oran
es el eco del pie
de este ser sin futuro
al que oyen avanzar
volviendo sobre sus propios pasos.
No hay extensión
lo infinito cabe en el rayo
de una imagen que se pierde.
Ha llegado el otoño, por favor,
cúbreme el corazón con alguna cosa,
con la sombra de un árbol, o mejor con la tuya.
A veces tengo miedo de no verte más,
que alas afiladas hasta al cielo me van a crecer,
que tú misma vas a esconderte en un ojo ajeno
y que va a cerrarse con una hoja de ajenjo.
Y entonces me acerco de piedras y me callo,
llevo todas las palabras y las ahogo en el mar,
silbo la luna, la levanto yo mismo y la convierto
en un gran amor.
No está ahí
ese hombre solo
en cuclillas bajo la tormenta
mirando el débil campo de arroz
cómo el agua destruye al agua
y a su arrozal
del que sólo le queda
el escalofrío.
No hay hospedaje en él
para que vuelva
el hombre que fue
y el hombre que no ha sido
(de desolación a luz
sólo es posible
la simetría del desequilibrio.)
Este día lleno de nunca. En algún sitio
flota inválido el sol
y el grito de un pájaro
ha raído el atardecer. Nada se conmueve
y sin embargo
hay un viento enorme que no se ha ido.
Un extremo del horizonte se alza
y se derrumba
hacia el pavor
por un plano inclinado.
Raspar el hueso azul de la poesía
Preparar una pócima untuosa
Y aromática
Como para seducir a una elefanta
Con restos de amores contrariados
De sueños enterrados en frasquitos
Y una gloria que nunca supo poseernos
Sorber la médula
El caracú de lo que queda por tirar
Al minuto del último naufragio
Que su poder proteico nos consuele
De este opio final
De su aliento de lija amortajada
Sus vapores fungosos
Y sus polvos
Y entonces (sólo entonces)
Alzar la copa colmada a un nuevo día
Cada mañana una indócil golosina
Birlada al maxi-kiosco de la muerte.
En mi mano el otoño come su hoja: somos amigos.
Extraemos el tiempo de las nueces y le enseñamos a caminar:
regresa el tiempo a la nuez.
En el espejo es domingo,
en el sueño se duerme,
la boca dice la verdad.
Mi ojo asciende al sexo de la amada:
nos miramos,
nos decimos palabras oscuras,
nos amamos como se aman amapola y memoria,
nos dormimos como el vino en los cuencos,
como el mar en el rayo sangriento de la luna.
Nos mantenemos abrazados en la ventana, nos ven desde la calle:
tiempo es de que se sepa,
tiempo es de que la piedra pueda florecer,
de que en la inquietud palpite un corazón.
Tiempo es de que sea tiempo.
Es tiempo.
Paul Celan
. Paul Celan . Chernivtsi . Rumania . 1920 - París . Francia . 1970 Versión . José Ángel Valente ... Imagen . Albarrán . Cabrera
Llueve en silencio, que esta lluvia es muda
y no hace ruido sino con sosiego.
El cielo duerme. Cuando el alma es viuda
de algo que ignora, el sentimiento es ciego.
Llueve. De mí (de este que soy) reniego.
Tan dulce es esta lluvia de escuchar
(no parece de nubes) que parece
que no es lluvia, mas sólo un susurrar
que a sí mismo se olvida cuando crece.
Llueve. Nada apetece.
No pasa el viento, cielo no hay que sienta.
Llueve lejana e indistintamente,
como una cosa cierta que nos mienta,
como un deseo grande que nos miente.
Llueve. Nada en mí siente.
Fernando Pessoa
. . Fernando Pessoa . Lisboa . Portugal . 1888 . 1935
Yo no pretendo que la alegría no pueda asociarse con la belleza, pero digo que la alegría es uno de sus adornos más vulgares, mientras que la melancolía es, por decirlo así, su ilustre compañera, llegando hasta el extremo de no concebir (¿será mi cerebro un espejo embrujado?) un tipo de belleza donde no hay dolor.
Charles Baudelaire. Mi corazón al desnudo.
. . Charles Baudelaire . París . Francia . 1821 .1867