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las hojas del ciprés


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Buenos Aires a los tantos días de septiembre del 2020



Tengo un solo enemigo. Nunca sabré de qué manera pudo entrar en mi casa, la noche del 14 de abril de 1977. Fueron dos las puertas que abrió: la pesada puerta de calle y la de mi breve departamento. Prendió la luz y me despertó de una pesadilla que no recuerdo, pero en la que había un jardín. Sin alzar la voz me ordenó que me levantara y vistiera inmediatamente. Se había decidido mi muerte y el sitio destinado a la ejecución quedaba un poco lejos. Mudo de asombro, obedecí. Era menos alto que yo pero más robusto y el odio le había dado su fuerza. Al cabo de los años no había cambiado; sólo unas pocas hebras de plata en el pelo oscuro. Lo animaba una suerte de negra felicidad. Siempre me había detestado y ahora iba a matarme. El gato Beppo nos mirabas desde su eternidad, pero nada hizo para salvarme. Tampoco el tigre de cerámica azul que hay en mi dormitorio, ni los hechiceros y genios de los volúmenes de Las mil y una noches. Quise que algo me acompañara. Le pedí que me dejara llevar un libro. Elegir una Biblia hubiera sido demasiado evidente. De los doce tomos de Emerson mi mano sacó uno, al azar. Para no hacer ruido bajamos por la escalera. Conté cada peldaño. Noté que se cuidaba de tocarme, como si el contacto pudiera contaminarlo.

En la esquina de Charcas y Maipú, frente al conventillo, aguardaba un cupé. Con un ceremonioso ademán que significaba una orden hizo que yo subiera primero. El cochero ya sabía nuestro destino y fustigó al caballo. El viaje fue muy lento y, como es de suponer, silencioso. Temí (o esperé) que fuera interminable también. La noche era de luna serena y sin un soplo de aire. No había un alma en las calles. A cada lado del carruaje las casas bajas, que eran todas iguales, trazaban una guarda. Pensé: Ya estamos en el Sur. Alto en la sombra vi el reloj de una torre; en el gran disco luminoso no había guarismos ni agujas. No atravesamos, que yo sepa, una sola avenida. Yo no tenía miedo, ni siquiera miedo de tener miedo, ni siquiera miedo de tener miedo de tener miedo, a la infinita manera de los eleatas, pero cuando la portezuela se abrió y tuve que bajar, casi me caí. Subimos por unas gradas de piedra. Había canteros singularmente lisos y eran muchos los árboles. Me condujo al pie de un de ellos y me ordenó que me tendiera en el pasto, de espaldas, con los brazos en cruz. Desde esa posición divisé una loba romana y supe dónde estábamos. El árbol de mi muerte era un ciprés. Sin proponérmelo repetí la línea famosa: Quantum lenta solent inter viburna cupressi.

Recordé que lenta, en ese contexto, quiere decir flexible, pero nada tenían flexibles las hojas de mi árbol. Eran iguales, rígidas y lustrosas y de materia muerta. En cada una había un monograma. Sentí asco y alivio. Supe que un gran esfuerzo podía salvarme. Salvarme y acaso perderlo, ya que, habitado por el odio, no se había fijado en el reloj ni en las monstruosas ramas. Solté mi talismán y apreté el pasto con las dos manos. Vi por primera y última vez el fulgor del acero. Me desperté; mi mano izquierda tocaba la pared de mi cuarto.
Qué pesadilla rara, pensé, y no tardé en hundirme en el sueño.

Al día siguiente descubrí que en el anaquel había un hueco; faltaba el libro de Emerson, que se había quedado en el sueño. A los diez días me dijeron que mi enemigo había salido de su casa una noche y que no había regresado. Nunca regresará. Encerrado en mi pesadilla, seguirá descubriendo con horror, bajo la luna que no vi, la ciudad de relojes en blanco, de árboles falsos que no pueden crecer y nadie sabe qué otras cosas.



palabra de Borges      (Los conjurados . 1985 )



. Jorge Luis Borges . Buenos Aires . Argentina . 1899 . Ginebra . Suiza . 1986
... Imagen .  Albarrán Cabrera







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a obscuras

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Buenos Aires  a los cuatro  días de  enero del 2020 


Estábamos hartas de que nos dijeran “no hay asesinos seriales en la Argentina”. Nos hablaban apenas de un hombre monstruo asesino de niños en los años ‘30, un hijo de italianos que dormía con cadáveres de pájaros bajo la cama, pero ¡estaban tan lejos los años ‘30! No eran otro tiempo, eran otro planeta. ¿Ni uno ahora? Ninguno. Había criminales crueles pero mataban a sus mujeres, a su familia, por venganza, por dinero. No mataban con método ni por puro placer ni por necesidad, por ansiedad, por compulsión. Nosotras, mi amiga Virginia y yo, habíamos conseguido un libro sobre asesinos seriales norteamericanos en la feria de usados del parque y estábamos obsesionadas. El cinturón de piel decorado con pezones de Ed Gein, los cadáveres que enterraba bajo el parquet John Wayne Gacy el Payaso Asesino, Richard Ramírez que se metía en las casas por la noche silencioso como una sombra. Nuestros padres, enojados, nos decían morbosas, no había bastante muerte ya, hablaban de la dictadura y los torturadores; no entendían que a nosotras nos gustaba otro tipo de infierno, uno de máscaras y motosierras, de pentagramas pintados con sangre en la pared y cabezas guardadas en la heladera.

Ese verano leíamos el libro y nos metíamos a la pileta de plástico en casa de Virginia. No había mucho más que hacer. La electricidad se cortaba por orden del gobierno, para ahorrar energía, en turnos de ocho horas. Mi padre nos había explicado que de las tres centrales energéticas del país sólo funcionaba una, y mal. Para las otras dos hacía falta dinero, inversiones, y el país no iba a conseguir ni un peso porque debía demasiado. Entonces: no iban a funcionar. ¿Ibamos a estar sin luz para siempre? pregunté yo una tarde, llorando. No había cines. No nos dejaban caminar por algunas calles demasiado oscuras. A veces la electricidad no regresaba después de las ocho horas prometidas y estábamos a oscuras un día completo. Todos los partidos de fútbol se jugaban de día. No había baterías ni grupos electrógenos en toda la ciudad. No se escuchaba música. La televisión duraba apenas cuatro horas, hasta la medianoche y ya no pasaba buenas películas. Yo no quería vivir así. También subían los precios. Si compraba cigarrillos para mi madre por la mañana a dos pesos, a la tarde, el segundo paquete, costaba tres pesos. Los nombres de nuestro fin del mundo, crisis energética, hiperinflación, deuda externa, obediencia debida, peste rosa. Era 1989 y no había futuro. A los 15 años cuando una chica no tiene futuro toma sol con todo el cuerpo cubierto de CocaCola y a la piel pegoteada se acercan las moscas. O compra marihuana compactada en Paraguay, ladrillos verdes de cincuenta gramos que, cuando se parten, apestan a tóxicos y orín. O se enamora de la muerte y se tiñe el pelo y los jeans de negro, y si puede se compra un velo y guantes de encaje.




Mariana Enriquez





. Mariana Enríquez .Buenos Aires. Argentina .  1973
  Fragmento de  <Ese verano a oscuras >  el libro más exquisito que leí en el 2019
....  Imagen . Lele Berlin







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relato

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Buenos Aires a los   veintiocho días de  noviembre del 2018


¿Sabe cómo la conocí? Ni usted ni nadie puede imagi­narse cómo la conocí. Haciendo pis contra un árbol. Yo era el que hacía pis, naturalmente. Medio borracho y contra un plátano de la calle Virrey Meló. Era de madrugada y ella volvía de alguna parte, qué curioso, nunca le pregunté de dónde. Una vez estuve a punto de hacerlo, la última vez, pero me dio miedo. La madrugada del árbol ella llegó sin que yo la oyera caminar, después me di cuenta de que venía descalza, con las sandalias en la mano; pasó a mi lado y, sin mirarme, dijo que el pis es malísimo para las plantitas. En el apuro me mojé todo y, cuando ella entró en su casa, yo, meado y tembloroso, supe que esa mujer era mi maldición y el amor de mi vida. Todo lo que nos va a pasar con una mujer se sabe siempre en el primer minuto. Sin embargo es increíble de qué modo se enca­denan las cosas, de qué modo un hombre puede empezar por expli­carle a una muchacha que un plátano difícilmente puede ser consi­derado una plantita, ella simular que no recuerda nada del asunto, decimos señor con alegre ferocidad, como para marcar a fuego la distancia, decir que está apurada o que debe rendir materias, acep­tar finalmente un café que dura horas mientras uno se toma cinco ginebras y le cuenta su vida y lo que espera de la vida, pasar de allí, por un laberinto de veredas nocturnas, negativas, hojas doradas, consentimientos y largas escaleras, a meterla por fin en una cama o a ser arrastrado a esa cama por ella, que habrá llegado hasta ahí por otro laberinto personal hecho de otras calles y otros recuer­dos, oír que uno es hermoso, y hasta creerlo, decir que ella es todas las mujeres, odiarla, matarla en sueños y verla renacer intac­ta y descalza entrando en nuestra casa con una abominable maceta de azaleas o comiendo una pastafrola del tamaño de una rueda de carro, para terminar un día diciéndole con odio casi verdadero, con indiferencia casi verdadera, que uno está harto de tanta estupidez y de tanta felicidad de opereta, tratándola de tan puta como cualquier otra. Hasta que una noche cerré con toda mi alma la puerta de su departamento de la calle Meló, y oí, pero como si lo oyera por primera vez, un ruido familiar: la reproducción de Carlos el Hechizado que se había venido abajo, se da cuenta, una mujer a la que le gustaba Carlos el Hechizado. Me quedé un momento del otro lado de la puerta, esperando. No pasó nada. Ella esa vez no volvía a poner el cuadro en su sitio: ni siquiera pude imaginármela, más tarde, ordenando las cosas, silbando su czarda inexistente, la que le borraba del corazón cualquier tristeza. Y supe que yo no iba a volver nunca a esa casa. Después, en mi propio departamento, cuando metí una muda de ropa y las cosas de afeitar en un bolso de mano, también sabía, desde hacía horas, que ella tampoco iba a lla­marme ni a volver.


Abelardo Castillo (fragmento )
Carpe Diem uno de los once cuentos de la Maquinaria de la Noche.



. Abelardo Castillo . Ciudad de Buenos Aires . Argentina . 1935 . 2017
... Imagen . Antonio Merini






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una muchacha muy bella

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Buenos Aires al primer día de septiembre del 2018


Vivíamos en un departamento de dos ambientes con una cocina luminosa que daba al pulmón de un edificio modesto pero sofisticado, esas construcciones de los 50, de no más de tres pisos sin ascensor, fresca en verano, helada cuando llegaba el otoño. Nuestra casa tenía un baño revestido de mosaicos negros, junturas verde pálido y grifería que alguna vez fue importante pero que envejeció con la premura con que uno pasa las páginas de una revista de moda de temporadas anteriores. El departamento tenía un balcón inutilizable porque con solo abrir la puertaventana se caían a pedazos las molduras del frente. Además mi madre odiaba el hollín que llegaba desde la avenida a dos cuadras y también odiaba el ruido que venía desde más lejos, como del centro de los autos y de la circunvalación de los camiones, y temía a los pájaros que anidaban en los fresnos que daban su verde a nuestras dos ventanas. Una vez la vi refugiarse en mi cuarto por un pichón de calandria todavía sin plumas que la madre pájara habría arrojado del nido por imperfecto y agonizaba en el borde de nuestro balcón. Con un palito terminé de expulsarlo para que mi madre saliera de la madriguera y el pequeño monstruo terminara sus jadeos directamente en la calle.

Durante un rato lo miré para tratar de ver en qué momento terminaba de cuajar esa gelatina, en qué segundo terminaba el estertor. No tenía plumas y tenía los párpados sellados pero había sido desairado por su madre y temido por la mía: ya se podía morir.



Julián López  (fragmento)
Una muchacha muy bella 



. Julián López . Buenos Aires . Argentina  .  1965
...  Imagen . Laura Makabresku





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del otro lado

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Buenos Aires al primer día de septiembre del 2018

A veces volvía a ser piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad.
(...)
Yo no decía nada. Hermosos sentimientos y sombrías ideas daban vueltas en mi cabeza, mientras oía su voz, su maravillosa voz. Fui cayendo en una especie de encantamiento. La caída del sol iba encendiendo una fundición gigantesca entre las nubes del poniente. Sentí que ese momento mágico no se volvería a repetir nunca. -Nunca más, nunca más- pensé, mientras empecé a experimentar el vértigo del acantilado y a pensar qué fácil sería arrastrarla al abismo, conmigo.


Ernesto Sabato . El túnel (fragmento)



.. Ernesto Sabato . Rojas . Prov. de Buenos Aires.  Argentina . 1911 * Santos Lugares . Prov. de Buenos Aires Argentina . 2011
... Imagen . Léo Berne





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una mujer

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Buenos Aires a los veinticinco días de abril del 2017



Un hombre sueña que ama a una mujer. La mujer huye. El hombre envía en su persecución los perros de su deseo. La mujer cruza un puente sobre un río, atraviesa un muro, se eleva sobre una montaña. Los perros atraviesan el río a nado, saltan el muro y al pie de la montaña se detienen jadeando. El hombre sabe, en su sueño, que jamás en su sueño podrá alcanzarla. Cuando despierta, la mujer está a su lado y el hombre descubre, decepcionado, que ya es suya.



Ana María Shua



.   Ana María Shua . Buenos Aires. Argentina  . 1951
...  Imagen .   美撒郭






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sólo tú

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 Existió una persona que podría entenderme.
 Pero fue, precisamente, la persona que maté.




 Ernesto Sabato  (El Túnel )



 .  Ernesto Sabato . Rojas. Prov. de Buenos Aires. Argentina .1911 - Santos Lugares . Prov. de Buenos Aies.   2011
 .  Imagen . ME



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bonjour tristesse

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al vent1
Imagen vía Marta Navarro
Moonlight Sonata

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La ley de la tristeza es como la ley de la gravedad: sólo la rompen los picaflores.


Gabriel Bañez
 


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. Gabriel Báñez . La Plata . Prov de Buenos Aires . Argentina .  1951

al vent1


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hoy toca ensoñar. se

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Buenos Aires, cuarto domingo del tercer mes de 2010
 


Nace desde el sigilo.
Se abre como los frutos del granado ofreciendo puñados de rubíes mientras labran sus soles los surcos del agobio en las pieles salvajes.
Y el perfil de los duendes o los ángeles desfigura cortezas entre olivos, endrinos y naranjos.
Los duendes de la siesta, antiguos fundadores de los huertos, custodios de levísimas moradas, secretos y conjuros.
Sucede cuando afuera de los muros sobrevuela el silencio.
Cuando nada conmueve el alma de los fresnos, las tímidas acacias o el plumaje insolente de los jacarandáes.
A la hora en que el misterio desborda los pretiles del asombro.
A la hora en que estallan las cigarras.
A la hora de los druidas.
Ocurre, algunas veces, cuando llueve y el agua se desliza mansamente entre las nervaduras y capullos.
Y los pájaros quedan en suspenso.
Tal como si acecharan presagios o racimos.
Ocurre, algunas veces, cuando llueve y es una maravilla percibir los contornos a través de la bruma.
Y los elfos, las hadas, se abandonan sobre los alfeizares de las rosas a platicar acerca de cuestiones que guardan relación con sus oficios.
Y las gotas de lluvia cuelgan de sus cabellos, como esferas de nácar, como fragmentos de cristal tallado.
Y cantan las magnolias sus fragancias oscuras.
Sin embargo parece que no hay nadie.
En otras ocasiones acontece en medio de la furia, en tanto se encabritan los cardos, las ortigas, piafando sobre hierbas que ya no resucitan.
Es cuando los señores de la magia se refugian en altas hornacinas, en torno a los altares, hasta que el mundo calla y es posible regresar al follaje a defender alondras, colibríes, pimpollos de palomas, a evitar que el olvido cubra de telarañas los caminos, a cuidar los plantíos de alhelíes, adelfas y geranios, a destejer guirnaldas de rocío sobre las azaleas.
Mientras el sol excava en la piel de los miedos, las ausencias, los llantos, las distancias, se abre como los frutos del granado,ofrece su textura de rubíes.
Nace desde el sigilo.




Norma Segades
 


.  Norma Segades . Santa Fe . Argentina . 1945
... Imagen   Rafael M. Milani

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acerca del embrujo de ciertos días

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Buenos Aires, el último día de diciembre de 2009



Llegará la mañana del día señalado por los dioses para que el huerto estalle como nunca en torno a los estanques,
impregnando de aromas las esferas, los calendarios rotos, las arenas descalzas capturadas en vientres de cristales llagados por la luna; preludiando los pétalos del alba, las intensas corolas desvelando las pieles de los lirios.
Entonces,
de improviso,
la luz detonará entre las azucenas
y los nombres secretos de los elfos horadarán el aire en una algarabía de jazmines.
Las palabras calladas durante la impiedad de los eclipses retomarán su ritmo de conjuro, de salmodia precisa.
Serán solemnemente pronunciadas por los labios del viento.
Las palomas liberarán sus vértigos azules, su dulzura de bayas, su identidad de grávidos arrullos, su avidez de horizontes.
Encenderán el regocijo.
Desprendidas del tallo, de las hojas, de las verdes prisiones de sus cálices, las almas de camelias peregrinas emprenderán el viaje hacia los puertos, hacia las blancas costas, hacia las torres blancas.
Lejos de los brumosos laberintos y el corazón cerrado de la noche.
Se escuchará el llamado de los robles junto a la densidad de los helechos.
Habrán de regresar los unicornios de sus lejanas diásporas, galopando sobre la espalda de los musgos tiernos
y, envueltos en sus alas deslumbrantes, los príncipes del reino retomarán las sendas del origen,
arderán en vorágine de lámparas, en una llamarada de luciérnagas.
Después de desandar las espirales, las cavernas, las secas dentelladas de las fauces oscuras.
Antes de atravesar los pórticos de piedra que jalonan rituales y solsticios y esa bifurcación de los umbrales hacia las dimensiones del misterio.
Y aunque anden los demonios azotando sus rabos de tiniebla entre las margaritas.
Aunque se empeñen en tejer penumbras, ardides como niebla desmedida, rastreras artimañas,
la luz parirá luz sobre las hierbas, sobre la castidad de las magnolias.
La luz renacerá salvajemente.
En lo alto del olivo su estatura de hoguera, de demente amapola.
Afiebrada su médula de plata, de azogue esmerilado.
Indomable la entraña.
Como fue en el principio.


Norma Segades


... Norma Segades . Santa Fe.  Argentina . 1945
.... Imagen  . Marta Navarro


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soñar soñar

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Si el sueño fuera (como dicen) una
tregua, un puro reposo de la mente

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He tenido varios sueños recurrentes a lo largo de los años que han dejado su huella en mi ficción de una u otra forma. Los símbolos difieren con frecuencia, pero los patrones y las estructuras siguen siendo los mismos. Por ejemplo, con frecuencia he soñado que estoy atrapado en un cuarto. Trato de salir, pero vuelvo a entrar a un cuarto. ¿Se trata del mismo cuarto?, me pregunto. ¿O acaso escapo a un cuarto exterior? ¿Estoy en Buenos Aires o en Montevideo? ¿En la ciudad o en el campo?
.Toco la pared para intentar descubrir la verdad sobre mi paradero, para encontrar una respuesta a estas preguntas. Pero ¡la pared es parte del sueño! De modo que la pregunta, al igual que el que la hace, regresa eternamente a ese cuarto. Este sueño me dio el tema del laberinto que aparece con tanta frecuencia en mis ficciones. También estoy obsesionado con un sueño en donde me veo en un espejo con varias máscaras o rostros que se superponen unos sobre otros; los desprendo de manera sucesiva y me dirijo al rostro que está frente a mí en el espejo; pero no me contesta, no puede oírme o no me escucha, es imposible saberlo.




palabra de Borges



. Jorge Luis Borges . Buenos Aires . Argentina . 1899 . Ginebra . Suiza . 1986
. Imagen  .  Chris Friel 
 

 
 
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