Buenos Aires a los tantos días de septiembre del 2021
Este es un intento de caer al fondo de la soledad más pura: el de no hablar. La forma de los atardeceres me hiere, me alegra su color tardío cercano al vientre, cercano a cada latido que comienza a encenderse por las calles extrañas y propias. Sueños remotos me llaman, esperan. Tendrás tiempo para tomar el té, vendrá el calor, vendrá la lluvia, vendrá el olor a tierra mojada. Tus flores se duermen en pequeños sueños eternos. Los días son como un pañuelo bien planchado donde las moscas no se atreven.
Sería bueno que me visitaras hoy porque se está lavando el sabor de la lenteja y mis historias gastándose. Ayer por ejemplo llovió y las gotas estuvieron desafinadas, flojas. La lluvia es miserable en piloto automático. Para llamarte preparé mi tina incompleta con aceite de tomillo y agua de naranja, de soundtrack escogí rock y de compañía al perro que me anda diciendo que le caigo mejor con vos.
Hay seres fulgurantes como la sed de las cenizas metáforas humanas que seducen y desconciertan como la sonrisa de los ciegos.
Hay seres tan de nadie que sólo se asoman desde el fondo de los espejos.
Hay noches tan domésticas que se echan a dormir hasta el amanecer.
Hay criaturas breves tan sumisas que no se han suicidado ni siquiera una vez.
Hay pecados mortales aún no absueltos por falta de imaginación.
Hay quienes fingen existir quienes desean quienes no saben existir quienes se niegan a existir quienes merecerían existir y quienes jamás existirán aunque insistan.
Buenos Aires a los tantos días de febrero del 2020
En algún lugar perdí esa canción. En algún lugar perdí tu lomo blanco arqueado sobre mi deseo, tu piel escalando mi urgencia. En algún lugar perdí lo que me hacía desnudarme como si fuera un sacramento, con el corazón vacío de todo peso puesto, sin reservas, en el altar de tu boca.
¿Cuántas veces en mi vida hice el amor? Cien, quinientas, mil. Sin embargo esa noche fue distinta a todas las otras. Quizás porque la tormenta arreciaba y podíamos gritar sin que un oído indiscreto distinguiera un aullido de hambre del prefacio de un relámpago. Quizás porque se terminaba un año, y habíamos brindado, y habíamos roto las copas riéndonos, y nos habíamos prometido el cuerpo. “Con estos cristales rotos desposo tu pelo irreverente, tu cintura, tus hombros de gitana. Con estos cristales rotos desposo tus pies de madrugada, tu ombligo, tus ojos siempre niños”.
En algún lugar perdí esa canción. Y perdí la noche en la que la canción se trenzaba con la lluvia, y nuestros gritos eran relámpagos. Y los platos sucios podían esperar hasta que el sol le pintara la cara al mediodía porque seguía la fiesta. Durante mucho tiempo creí que la canción era "More than words".
Pero no. No.
La canción era yo.
La tormenta era yo.
Yo era la medida del deseo.
En algún lugar me perdí. Estoy perdida, amor. Estoy perdida.
Raquel Graciela Fernández
. Raquel Graciela Fernández . Prov. de Buenos Aires. 1968 ... Imagen . Felicia Simion
Encontré un periódico de hace veinte años,
de la semana que nos separamos. Todo estaba
escrito en él, salvo la separación.
Tú me enterrarás.
Tú me enterrarás.
Cosas así decíamos entonces
con las mejillas unidas y alejados de la muerte.
A veces me olvido y paso por calles
que ya no son nuestras, abro postigos
con calma. “No se vayan, sólo he salido
a comprar”. O voy a casas
a preguntar, como se hacía antes: ¿Ha venido?
Cada año ha venido. El año que viene vendrá.
Y mirada hacia atrás que dura años,
y mano en la frente como antaño.
Estoy ardiendo.
Estoy ardiendo.
Cosas así decíamos entonces.
Bastaba con que uno ardiera
para prender con su fuego al otro
el resto de su vida.
Yehuda Amijái
. Yehuda Amijái . Wurzburgo . Alemania . 1924 . Jerusalén . Israel . 2000