no digas nada

Buenos Aires,   cualquier día cualquier noche del último mes de  2010


azahares
Anouar Brahem-Le pas du chat noir


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Siéntate. O no te sientes. Permanece de pie, o cae de rodillas. Duerme o mantente despierto, hasta el alba, hasta que regrese la noche. Para el caso es lo mismo. Para el rezo es lo mismo.
Y aquí, de lo que se trata es de rezar.
Es decir, de pensar, de hablar con uno mismo como si uno mismo hablase con la divinidad, con las divinidades. Con todas y con ninguna. Con la que cada cual inventa para su uso privado, y con todas y cada una de los que el hombre ha inventado para su uso público.
En tu sustancia, ya lo sabes, está la sustancia de los dioses.
Piensa, reza. O si lo prefieres, no reces ni pienses. Eso también constituye una oración.
Una forma pura del pensamiento. Murmura tu mantra. Susurra tu canción. Grita tu salve. Enumera tu fórmula logarítmica. Todo está permitido. Todo es igual de sagrado, porque todo es sagrado, incluso todo aquello que pretende vulnerar lo sacro, sin conseguirlo. Todo lo que aquí haga el hombre pertenece al misterio, porque todo lo que realiza el hombre es misterioso. Todo lo que aquí cometa el hombre no puede empañar la gloria del hombre, porque su raíz, a pesar de sus pecados, es gloriosa.
Puede que todo se encamine hacia su fin. Puede que todo estalle en un banquete de energía. Puede que todo se descomponga en polvo estelar y que viaje a la velocidad de la luz, desde la nada hacia la nada, pero ahora estás aquí, en el centro del mundo, en el centro de la capilla, en el centro de tu plegaria, y se diría que eres invulnerable.

Puede que parezca demasiado orgulloso. Puede que parezca soberbia esa idea, pero es así: esta conciencia de nuestra adamantina fragilidad nos embriaga. como nos embriagan todas las oraciones, todas las salmodias.
Déjate envolver por el silencio. Déjate acunar por la inmovilidad. Déjate ir, para centrarte. Para dar contigo. Déjate envolver por el gris. Déjate gris. Déjate llevar por el gris casi negro. Por el gris casi verde. Por el gris azul. Por el gris monolito. Por el gris rascacielos. Por el gris menhir. Por el gris cordillera. Por el gris. Déjate color tú, déjate.
Ahora todo está claro. Ahora todo es sencillo, y uno puede descentrarse sin miedo. Uno puede perderse sin miedo, con la certeza de que nadie se extravía, de que nada se pierde. Lo que está a la derecha también está a la izquierda de algún lugar. Lo que está arriba está debajo de algún punto. Todo es parecido, porque todo es humano. Todo es similar, porque todo forma parte de la canción. Todo forma parte de la oración. Y la oración y la canción aspiran a expresarlo todo.
Quédate. O vete. Fuera también hay gris, también hay silencio y algarabía interior. Fuera te envuelve el todo, como aquí dentro te envuelve nada. Que estás en los cielos. Que estás en la tierra. Padre nuestro. Que no estás. Y estamos jubilosos.



Carlos Marzal.






Pd. Carlos Marzal (Valencia, 1961) es uno de los principales representantes de la poesía de la experiencia, que dominó la lírica española en los años 80 y 90. Numerosos críticos incluyen también en este grupo la obra de autores como Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes o Vicente Gallego.
Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia, la obra poética de Marzal alcanza su punto de mayor éxito con la publicación de Metales pesados, poemario que tras su publicación consigue los premios Nacional de Poesía y de la Crítica. El año 2003 obtuvo el Premio Antonio Machado de Poesía y en 2004 el XVI Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe por su obra Fuera de mí. Ha debutado en la narrativa con la novela Los reinos de la casualidad (Tusquets, 2005), considerada como la mejor novela del año por el suplemento El Cultural del periódico El Mundo.




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