extrañeza

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Brandsen   a los treinta y un días de    agosto del 2016


Por favor, mi querida, mi última, mi dulce
otro lado de mí, preciso que me envíes
a casa algunas cosas tuyas, mías,
nuestras, de nadie
que deseo guardar y que andan por ahí,
sueltas, abandonas, a punto de perderse.

Nada del otro mundo.
Recuerdos, tonterías,
inexistencias, partes de ti, imaginaciones
que alguien debe cuidar
para que no terminen de quebrarse,
para pegarlas en un álbum
lo más pronto posible,
darles un baño de gelatina, de cristal,
de adoración,
doblarlas suavemente y esconderlas
donde no las encuentren los insectos,
los hijos, el olvido y esos
bordes grisáceos o amarillos
que entristecen las prendas de hilo, los papeles,
el marfil, lo retratos guardados mucho tiempo.

Cuando no tengas nada que hacer, pues,
o casualmente
te encuentres con alguno de mis libros (aquellos
de las dedicatorias eternas como
columnas)   júntate en pedazos de piel,
en medias, en cobijas,
júntame los mejores vocablos que te dije,
los juramentos que pudimos cumplir,
tus empecinamientos,
tu orientación de pájaro
habitualmente
desorientado.

Busca en los zócalos
en los cajones, en los marcos
de las ventanas,
debajo del colchón, una ternura
que todavía
dé señales de vida,
un borrador con un poema, alguna
prenda íntima, un disco de Aznavour,
momentos, instantes donde
fuimos profundamente
felices como
adolescentes, como
lápices de colores, como
cassettes  grabadas
en el momento
de hacernos el amor.

Remíteme
lo que encuentres, cualquier memoria, lo que puedas
¿Sabes? Las necesito para
convencerme que aún
conservan algo de nosotros,
de tí, nuestra belleza,
nuestra grandiosidad, nuestras alianzas,
nuestras victorias,
y que no son únicamente
polvo, polvillo, nada,
espejos, espejuelos, esperanzas
imaginarios.
Por favor,
lo que tengas a mano:
tu rimel, una carta vieja, un peine,
el cepillo de dientes.

Y yo, si lo deseas,
te haré llegar
todas mis posesiones: mi vergüenza,
mi soledad,
mis arrepentimientos, mi egoísmo,
mi presión arterial,
algún pequeño manuscrito
en el que te mencione,
mis pecados veniales, mi tristeza,
mis decepciones,
mi vanidad, los últimos remedios
que tomo para no morirme,
mi muerte, mis canales seminales repletos,
mi amor, mi amor, mi amor, lo único que tengo
y que, en realidad, no lo tengo, no
lo tengo, lo he perdido, no lo tengo,
ha quedado, muriéndose, detrás de tus pestañas.


Gustavo García Saraví



. Gustavo García Saraví . La Plata . 1920 - Buenos Aires . 1994
....  Imagen .  Alexey Lickutov








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