días del por allá

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dias de por alla
Imagen vía SkeletonDance
Y aparece tu piel - Luis Salinas & Luis Alberto Spinetta
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No dijo que me necesitaba, ni que me había estado esperando, ni que, en la espera, había sufrido como una mujer. No dijo que contaba los días ni que me había soñado. No dijo que mientras duró, sentía su vida con tal sequedad que temió envejecer para siempre. Dijo: Me quedaré, si te parece.

No dijo cuánto deseaba estar a solas conmigo ni que había estado deseando eso de quedarse.
Dijo: Tienes una habitación agradable.

Ni yo ni él dijimos nada acerca del amor.

No dijimos que menos mal que por fin nos habíamos encontrado. No dijimos cuánto nos gustaba la piel de cada uno, ni la risa grande que se mezclaba entre las sábanas. No dijimos cuánto habíamos llorado antes por no tenernos, y no dijimos que, a pesar de todo, lo que más nos importaba en la vida era eso que estábamos haciendo ahora.

No solíamos hablar de amor. Un día creí estar equivocada y me fui a caminar olvidada de él. De ese amor fatuo. De la esfinge. De ese poder blanco. Del hombre. De la cal. De las cenizas.
No le conté ese olvido porque sabía lo que me iba a responder, y también porque, como mujer que soy, iba a seguir insistiendo.

No dijo que volvía porque era un amor tan grande el nuestro que fuera de nosotros no teníamos nada. No dijo que volvía por esa necesidad de dar fin a la espera, a cualquier espera. A esa espera a la que sólo una mujer o un hombre es capaz de poner fin.

No dijo que era mi cuerpo el que noche tras noche le hacía resurgir la vida de ese oscuro fondo. De ese volcán. No dijo te quiero. No dijo que mi alma enredada en la suya le parecía un sueño del que no se sabe si es verdad o mentira. No dijo nada.

No hablábamos nunca de amor. Entraba en mi lecho, besaba y mordía las sábanas, las puntillas, los cantos, los bordes; tiraba la ropa al suelo, me tiraba a mí, luego otra vez al lecho; mordía, besaba los cantos, las puntillas, los encajes, los almohadones y luego otra vez. Entraba y hurgaba. Olía a hombre, a café, a tabaco, a anís, a ron, a cerveza, a él, a mí y luego otra vez lo mismo. Entraba y, sin saber de mí, buscaba por todas partes. Paciente y pausado le hablaba a mi cuerpo en ese ritmo antiguo, caluroso, y le decía que una y otra vez el cuerpo, el oro de los cuerpos, resbalaba, y él y sus dedos pintados abrían la sequedad del volcán. Entraba y yo detrás arriba, abajo, cantaba al mismo tiempo esa persecución de cantos, de entradas, de soles, de lunas. Entraba, y con el amanecer, un despliegue silencioso, sin nombre, sin palabras, salía.
No dijo volveré. No dijo cuántas veces había estado deambulando por las noches en busca de algo así.

Ya no llamaba a la puerta. Abría y entraba, se quitaba los zapatos en el comedor, dejaba la camisa encima de la mesa y tumbado en el sofá preguntaba algo. Los dos sentados, hablábamos un poco de cosas al aire, de cosas que podían también no decirse y no habrían cambiado nada; hablábamos de algo para que eso no nos hiciera ver el semblante, un semblante que no era sólo de hoy, ni sólo de ayer, era ya desde aquel día en que, perdida, me fui andando por las calles olvidada de él. Un matiz angosto, pulcro, delicado. Aunque mordiera las sábanas con más avidez que nunca, aunque rompiera los cantos, aunque el sonido de la risa grande se metiera en las sábanas y me hiciera cosquillas, aunque volviera día tras día y aunque día tras día me rompiera de la misma forma y me hurgara así, si no era capaz de encontrarme allí donde me perdía una y otra vez, si no era capaz de poner fin allí donde sólo el hombre o la mujer es capaz de ponerlo, el semblante sería como la cal, como los huesos, como las cenizas prendidas, como la aurora quieta.

No hablábamos de amor ninguna noche.

Entraba y decía: cada vez hacemos mejor el amor, ¿no crees?

No decía cómo era ese amor que cada vez hacíamos mejor. Cómo era la vida dentro de ese amor.

No decía cuánta nostalgia, ni cuánta pena sin ese amor.

Ya sin americana. El calor era un ritmo seco y apagado antes de llegar a la habitación. Habían pasado meses. Hablábamos de algo. De algunas cosas que suelen decirse. El calor nos había pillado de sorpresa. El ritmo era más lento, más apagado. Abrimos las ventanas pero el aire estaba lejos. No puedo, dijo, esta noche no puedo, este calor no me deja. Nos había pillado de sorpresa. Ocurrió otra vez y otra. Los ritmos cada vez más lentos, las puntillas enteras, la cama quieta y almidonada. Nadie decía nada. Nada, ni siquiera esas cosas que se dicen por decir. Un día no vino. Creí que no vendría más.

Abrió la puerta, no se sentó ni se quitó los zapatos. Me miró. El calor seco. La nostalgia también seca.
Los dos atrás ¿Dónde? Muy atrás.

No dijo que tenía poco tiempo. No dijo que el calor era pegajoso y se le quitaban las ganas. No dijo lo cansado que estaba. No habló de esas cosas que da igual no decirse.

Dijo: Acércate. Acércate un poco.

Entonces entró. Entró en esos lugares donde temo perderme. Entró en ese hueco subterráneo donde para qué decir de que se hace el hueco. Y dijo que, antes de tenerme a mí, yo no podía imaginar cuánto. Cuánto había sufrido.

Dijo: Ven. Acércate un poco.

Entró y se adueñó de las partes quietas, mojadas, dormidas.


Esmeralda Berbel



Pd. Esmeralda Berbel.Badalona.España.1961


dias de por alla


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