susurro de la noche

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Si la voz apareciese en las fotografías
como aparece la sombra o la ternura -aun siendo
realidades más vulnerables-, oiría
una vez más a mi padre explicándome que, antes
de coger una piedra, hay que hacerla rodar
con el pie o con una rama para espantar
a los escorpiones que allí se esconden como púas secas.
Nunca me preocupé. Porque tener seis años
era sencillo, sencillo como morirse.
En ambos casos, no había otro secreto que el aire:
respirarlo o no respirarlo, como si el alma
estuviera llena de diminutos alveolos que se abren
y se cierran. El primer escorpión que vi
fue en el libro de ciencias naturales,
atrapado para siempre enre las pinzas severas
del tiempo. Pero, a veces, los libros no explican
toda la verdad, como si no la supiesen
o la hubiesen olvidado camino de la imprenta.
Arácnido con el cuerpo dividido en abdomen
y cefalotórax. Nada decía del sol
ardiente en la lengua, del miedo, de la espiga
atravesada en el cuello. Yo no sabía entonces
que las palabras son inmensos icebergs
que ocultan bajo las aguas heladas mucho
más de lo que muestran. Como la palabra escorpión.
Y ahora, mientras el teléfono suena insistentemente
-un grito agudo de madrugada-, mientras me levanto,
enciendo la luz, acerco la mano a su cuerpo blanco
de plástico que brilla como una piedra al sol,
mientras lo descuelgo, y digo ¿sí?,
y alguien me dice que has muerto,
yo sólo pienso en los escorpiones, en lo que
querías decirme cuando repetías haz
rodar las piedras, por favor, haz rodar las piedras.



Gemma Gorga



. Gemma Gorga . Barcelona . 1968
... Imagen. Sarah Moon



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