Por veredas de sueño y habitaciones sordas
tus rendidos veranos me aceleran con sus cantos
Una cifra vigilante y sigilosa
va por los arrabales llamándome y llamándome
pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta
donde están tu nombre, tu calle y tu desvelo
si la cifra se mezcla con las letras del sueño,
si solamente estás donde ya no te busco.
A quien retorna en busca de su antiguo buscar
la noche se le cierra como agua sobre una piedra
como aire sobre un pájaro
como se cierran dos cuerpos al amarse.
Study for Painting . Wassily Vasílievich Kandinsky
El color es un medio para ejercer una influencia directa sobre el alma. El color es la tecla. El alma es el piano con muchas cuerdas. El artista es la mano que por esta o aquella tecla, hace vibrar adecuadamente el alma humana.
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Wassily Vasílievich Kandinsky
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El arte, como la naturaleza, es rítmico
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Robert Delaunay
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Puedo crear una fuga en colores, como Bach lo ha hecho en música
Y aparece tu piel - Luis Salinas & Luis Alberto Spinetta
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No dijo que me necesitaba, ni que me había estado esperando, ni que, en la espera, había sufrido como una mujer. No dijo que contaba los días ni que me había soñado. No dijo que mientras duró, sentía su vida con tal sequedad que temió envejecer para siempre. Dijo: Me quedaré, si te parece.
No dijo cuánto deseaba estar a solas conmigo ni que había estado deseando eso de quedarse.
Dijo: Tienes una habitación agradable.
Ni yo ni él dijimos nada acerca del amor.
No dijimos que menos mal que por fin nos habíamos encontrado. No dijimos cuánto nos gustaba la piel de cada uno, ni la risa grande que se mezclaba entre las sábanas. No dijimos cuánto habíamos llorado antes por no tenernos, y no dijimos que, a pesar de todo, lo que más nos importaba en la vida era eso que estábamos haciendo ahora.
No solíamos hablar de amor. Un día creí estar equivocada y me fui a caminar olvidada de él. De ese amor fatuo. De la esfinge. De ese poder blanco. Del hombre. De la cal. De las cenizas.
No le conté ese olvido porque sabía lo que me iba a responder, y también porque, como mujer que soy, iba a seguir insistiendo.
No dijo que volvía porque era un amor tan grande el nuestro que fuera de nosotros no teníamos nada. No dijo que volvía por esa necesidad de dar fin a la espera, a cualquier espera. A esa espera a la que sólo una mujer o un hombre es capaz de poner fin.
No dijo que era mi cuerpo el que noche tras noche le hacía resurgir la vida de ese oscuro fondo. De ese volcán. No dijo te quiero. No dijo que mi alma enredada en la suya le parecía un sueño del que no se sabe si es verdad o mentira. No dijo nada.
No hablábamos nunca de amor. Entraba en mi lecho, besaba y mordía las sábanas, las puntillas, los cantos, los bordes; tiraba la ropa al suelo, me tiraba a mí, luego otra vez al lecho; mordía, besaba los cantos, las puntillas, los encajes, los almohadones y luego otra vez. Entraba y hurgaba. Olía a hombre, a café, a tabaco, a anís, a ron, a cerveza, a él, a mí y luego otra vez lo mismo. Entraba y, sin saber de mí, buscaba por todas partes. Paciente y pausado le hablaba a mi cuerpo en ese ritmo antiguo, caluroso, y le decía que una y otra vez el cuerpo, el oro de los cuerpos, resbalaba, y él y sus dedos pintados abrían la sequedad del volcán. Entraba y yo detrás arriba, abajo, cantaba al mismo tiempo esa persecución de cantos, de entradas, de soles, de lunas. Entraba, y con el amanecer, un despliegue silencioso, sin nombre, sin palabras, salía.
No dijo volveré. No dijo cuántas veces había estado deambulando por las noches en busca de algo así.
Ya no llamaba a la puerta. Abría y entraba, se quitaba los zapatos en el comedor, dejaba la camisa encima de la mesa y tumbado en el sofá preguntaba algo. Los dos sentados, hablábamos un poco de cosas al aire, de cosas que podían también no decirse y no habrían cambiado nada; hablábamos de algo para que eso no nos hiciera ver el semblante, un semblante que no era sólo de hoy, ni sólo de ayer, era ya desde aquel día en que, perdida, me fui andando por las calles olvidada de él. Un matiz angosto, pulcro, delicado. Aunque mordiera las sábanas con más avidez que nunca, aunque rompiera los cantos, aunque el sonido de la risa grande se metiera en las sábanas y me hiciera cosquillas, aunque volviera día tras día y aunque día tras día me rompiera de la misma forma y me hurgara así, si no era capaz de encontrarme allí donde me perdía una y otra vez, si no era capaz de poner fin allí donde sólo el hombre o la mujer es capaz de ponerlo, el semblante sería como la cal, como los huesos, como las cenizas prendidas, como la aurora quieta.
No hablábamos de amor ninguna noche.
Entraba y decía: cada vez hacemos mejor el amor, ¿no crees?
No decía cómo era ese amor que cada vez hacíamos mejor. Cómo era la vida dentro de ese amor.
No decía cuánta nostalgia, ni cuánta pena sin ese amor.
Ya sin americana. El calor era un ritmo seco y apagado antes de llegar a la habitación. Habían pasado meses. Hablábamos de algo. De algunas cosas que suelen decirse. El calor nos había pillado de sorpresa. El ritmo era más lento, más apagado. Abrimos las ventanas pero el aire estaba lejos. No puedo, dijo, esta noche no puedo, este calor no me deja. Nos había pillado de sorpresa. Ocurrió otra vez y otra. Los ritmos cada vez más lentos, las puntillas enteras, la cama quieta y almidonada. Nadie decía nada. Nada, ni siquiera esas cosas que se dicen por decir. Un día no vino. Creí que no vendría más.
Abrió la puerta, no se sentó ni se quitó los zapatos. Me miró. El calor seco. La nostalgia también seca.
Los dos atrás ¿Dónde? Muy atrás.
No dijo que tenía poco tiempo. No dijo que el calor era pegajoso y se le quitaban las ganas. No dijo lo cansado que estaba. No habló de esas cosas que da igual no decirse.
Dijo: Acércate. Acércate un poco.
Entonces entró. Entró en esos lugares donde temo perderme. Entró en ese hueco subterráneo donde para qué decir de que se hace el hueco. Y dijo que, antes de tenerme a mí, yo no podía imaginar cuánto. Cuánto había sufrido.
Dijo: Ven. Acércate un poco.
Entró y se adueñó de las partes quietas, mojadas, dormidas.
Gracias quiero dar al divino
laberinto de los efectos y de las causas
por la diversidad de las criaturas
que forman este singular universo,
por la razón que no cesará de soñar.
En Chicago y Nueva Jersey, en clubes nocturnos,
en sitios clandestinos, durante los deprimidos treinta,
tu guitarra sonaba prodigiosa. Eso cuenta la leyenda.
Que le agrega un inevitable “bebedor y jugador”.
Con un toque exótico: te gustaba matar ratas en los basureros
y ver pasar los trenes.
De todas las mujeres que dejaste ir
sólo una te dolió. Hattie, la mudita, que te quiso de verdad
y se emocionaba al escucharte.
Porque así era. Tu música conmovía los corazones.
Aunque nunca lo creíste y sufrías: en Francia había un guitarrista mejor,
el gitano Django Reinhardt. Te torturaba Django Reinhardt.
Si la leyenda es falsa, tu vida fue una broma.
Si es cierta, fue una pesadilla.
Broma o pesadilla, fue una historia triste.
En los sueños de un artista siempre existe un Django Reinhardt,
un fantasma verdadero.
Hablábamos la lengua
de los dioses, pero era también nuestro silencio
igual al de las piedras.
Éramos el abrazo de amor en que se unían
el cielo con la tierra.
-
No, no estábamos solos.
Sabíamos el linaje de cada uno
y los nombres de todos.
Ay, y nos encontrábamos como las muchas ramas
de la ceiba se encuentran en el tronco. -
No era como ahora
que parecemos aventadas nubes
o dispersadas hojas.
Estábamos entonces cerca, apretados, juntos.
No era como ahora.
Rosario Castellanos
Pd. Rosario Castellanos. México 1925 - Israel 1974
Antes que el sueño (o el terror) tejiera
Mitologías y cosmogonías,
Antes que el tiempo se acuñara en días,
El mar, el siempre mar, ya estaba y era.
¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento
Y antiguo ser que roe los pilares
De la tierra y es uno y muchos mares
Y abismo y resplandor y azar y viento?
Quien lo mira lo ve por vez primera,
Siempre. Con el asombro que las cosas
Elementales dejan, las hermosas
Tardes, la luna, el fuego de una hoguera.
¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día
Ulterior que sucede a la agonía.
Estamos abrazados en una cama improvisada en el piso.
Tus ojos están cerrados; pero no sé si dormís.
Este es tu cuarto de soltera,
un lugar agradable, neutral.
Por la ventana suben los ruidos
de un día que empieza a moverse.
La ropa permanece arrugada, a un costado
ignorando la farsa de dar y recibir.
Besame el corazón, pidió
entonces tomé un cuchillo
lo abrí desde la garganta
hasta el estómago
y rompiendo de a una sus costillas
hurgué y hurgué con los dedos
su tórax, hasta encontrarlo
estaba aún tibio y era rojo, grande,
hermoso como una fruta no imaginada
acerqué los labios para dar el beso más dulce de mi vida
luego cerré sus ojos
y le dije al oído
que siempre haría lo que él quisiera
Es el último día del año que vivimos en su totalidad.
Como diría Vivaldi,
pasamos las cuatro estaciones.
Hicimos el amor, nos lamimos como animales ebrios de sol.
No lo olvides: alcanzamos, juntos (nosotros), el cielo.
Y nadie tiene interés ni en regresar ni en saber de dónde vino.
Miro como te deslizas áspera,
quieres adelantarte a tus tejanos,
la huida te oprime los cabellos.
Nada se torna encantador bajo esta noche,
se ha olvidado el maquillaje de luna
y los jazmines perecen sin rubor.
Tú muerdes tu lengua déspota,
yo me la trago, después el orgullo.
En tu cara de trébol pisado
el mohín que desprecias pelea con tu azul;
una sonrisa te queda mejor, mucho mejor,
pero hoy, ni los murciélagos ríen.
Tu silencio se deslaza incesante:
no me crees, dices; y duelen infinitas dagas
lacerándome, recortadas en el pecho
si tuvieras éxito y no aire, me pegarías
y yo sólo pienso en tatuarte la espalda
llena de libélulas temblando como yo
y si supieras un ápice de verdad
ahora estarías rompiéndome los dientes
con el metal de tu besos.
Quieres que me zambulla en el acíbar
que corroe hasta el metatarsiano;
te debo el sabor de la "vendetta"
aunque yo no sea artífice.
Tú mereces tener "algo mejor"
y yo soy tu "algo mejor"
que entre bostezos devora, de las nubes,
sus mejillas llenas de rosas.
¿Es nuestra deuda para con
el hacedor de las casualidades
por hacernos así: de un fuego casual?
Encarcelada en una bufanda frondosa,
te veo lacónica, desnundando los ojos;
y así te quiero y te querré,
bajo la misma piel, con otros tejanos.
Qué lejos de la tierra tu cuerpo
carne en la madera madera en el mármol
mármol sobre mármol apilado hasta los cielos.
¿Sentirán los insectos la llamada de tu cuerpo
rebosando cavidades y poros
mojándote el vestido?
Qué será de ti de nosotros si no llegan a olerte
y no corren a tu carne y en tu cuerpo no hacen nido.
Rezo a las larvas que coman tus entrañas
para traerte de nuevo a la tierra.
Sueño tu cuerpo como hierba
acariciando mi cuerpo rendido en la espesura.
Tela en los ojos
para vendar la madrugada caída en tu interior
para yo ser no más que
táctil y sonora y no más.
Cuerda en las muñecas que ata
y desata secretos, atado el cuerpo
libertando sugestiones
pronunciadas, los suspiros
rodeando y más vueltas y
llenan el lecho del preso,
hasta ahogar las ataduras
en su corriente
Fruto en la
fruta espira las vidas en la
piel impregnándola de carnes
pecho contra pecho