Por veredas de sueño y habitaciones sordas
tus rendidos veranos me aceleran con sus cantos
Una cifra vigilante y sigilosa
va por los arrabales llamándome y llamándome
pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta
donde están tu nombre, tu calle y tu desvelo
si la cifra se mezcla con las letras del sueño,
si solamente estás donde ya no te busco.
Julio Cortázar
Julio Cortázar. Bruselas . Bélgica 1914 . París . Francia . 1984
Y aparece tu piel - Luis Salinas & Luis Alberto Spinetta
.
No dijo que me necesitaba, ni que me había estado esperando, ni que, en la espera, había sufrido como una mujer. No dijo que contaba los días ni que me había soñado. No dijo que mientras duró, sentía su vida con tal sequedad que temió envejecer para siempre. Dijo: Me quedaré, si te parece.
No dijo cuánto deseaba estar a solas conmigo ni que había estado deseando eso de quedarse.
Dijo: Tienes una habitación agradable.
Ni yo ni él dijimos nada acerca del amor.
No dijimos que menos mal que por fin nos habíamos encontrado. No dijimos cuánto nos gustaba la piel de cada uno, ni la risa grande que se mezclaba entre las sábanas. No dijimos cuánto habíamos llorado antes por no tenernos, y no dijimos que, a pesar de todo, lo que más nos importaba en la vida era eso que estábamos haciendo ahora.
No solíamos hablar de amor. Un día creí estar equivocada y me fui a caminar olvidada de él. De ese amor fatuo. De la esfinge. De ese poder blanco. Del hombre. De la cal. De las cenizas.
No le conté ese olvido porque sabía lo que me iba a responder, y también porque, como mujer que soy, iba a seguir insistiendo.
No dijo que volvía porque era un amor tan grande el nuestro que fuera de nosotros no teníamos nada. No dijo que volvía por esa necesidad de dar fin a la espera, a cualquier espera. A esa espera a la que sólo una mujer o un hombre es capaz de poner fin.
No dijo que era mi cuerpo el que noche tras noche le hacía resurgir la vida de ese oscuro fondo. De ese volcán. No dijo te quiero. No dijo que mi alma enredada en la suya le parecía un sueño del que no se sabe si es verdad o mentira. No dijo nada.
No hablábamos nunca de amor. Entraba en mi lecho, besaba y mordía las sábanas, las puntillas, los cantos, los bordes; tiraba la ropa al suelo, me tiraba a mí, luego otra vez al lecho; mordía, besaba los cantos, las puntillas, los encajes, los almohadones y luego otra vez. Entraba y hurgaba. Olía a hombre, a café, a tabaco, a anís, a ron, a cerveza, a él, a mí y luego otra vez lo mismo. Entraba y, sin saber de mí, buscaba por todas partes. Paciente y pausado le hablaba a mi cuerpo en ese ritmo antiguo, caluroso, y le decía que una y otra vez el cuerpo, el oro de los cuerpos, resbalaba, y él y sus dedos pintados abrían la sequedad del volcán. Entraba y yo detrás arriba, abajo, cantaba al mismo tiempo esa persecución de cantos, de entradas, de soles, de lunas. Entraba, y con el amanecer, un despliegue silencioso, sin nombre, sin palabras, salía.
No dijo volveré. No dijo cuántas veces había estado deambulando por las noches en busca de algo así.
Ya no llamaba a la puerta. Abría y entraba, se quitaba los zapatos en el comedor, dejaba la camisa encima de la mesa y tumbado en el sofá preguntaba algo. Los dos sentados, hablábamos un poco de cosas al aire, de cosas que podían también no decirse y no habrían cambiado nada; hablábamos de algo para que eso no nos hiciera ver el semblante, un semblante que no era sólo de hoy, ni sólo de ayer, era ya desde aquel día en que, perdida, me fui andando por las calles olvidada de él. Un matiz angosto, pulcro, delicado. Aunque mordiera las sábanas con más avidez que nunca, aunque rompiera los cantos, aunque el sonido de la risa grande se metiera en las sábanas y me hiciera cosquillas, aunque volviera día tras día y aunque día tras día me rompiera de la misma forma y me hurgara así, si no era capaz de encontrarme allí donde me perdía una y otra vez, si no era capaz de poner fin allí donde sólo el hombre o la mujer es capaz de ponerlo, el semblante sería como la cal, como los huesos, como las cenizas prendidas, como la aurora quieta.
No hablábamos de amor ninguna noche.
Entraba y decía: cada vez hacemos mejor el amor, ¿no crees?
No decía cómo era ese amor que cada vez hacíamos mejor. Cómo era la vida dentro de ese amor.
No decía cuánta nostalgia, ni cuánta pena sin ese amor.
Ya sin americana. El calor era un ritmo seco y apagado antes de llegar a la habitación. Habían pasado meses. Hablábamos de algo. De algunas cosas que suelen decirse. El calor nos había pillado de sorpresa. El ritmo era más lento, más apagado. Abrimos las ventanas pero el aire estaba lejos. No puedo, dijo, esta noche no puedo, este calor no me deja. Nos había pillado de sorpresa. Ocurrió otra vez y otra. Los ritmos cada vez más lentos, las puntillas enteras, la cama quieta y almidonada. Nadie decía nada. Nada, ni siquiera esas cosas que se dicen por decir. Un día no vino. Creí que no vendría más.
Abrió la puerta, no se sentó ni se quitó los zapatos. Me miró. El calor seco. La nostalgia también seca.
Los dos atrás ¿Dónde? Muy atrás.
No dijo que tenía poco tiempo. No dijo que el calor era pegajoso y se le quitaban las ganas. No dijo lo cansado que estaba. No habló de esas cosas que da igual no decirse.
Dijo: Acércate. Acércate un poco.
Entonces entró. Entró en esos lugares donde temo perderme. Entró en ese hueco subterráneo donde para qué decir de que se hace el hueco. Y dijo que, antes de tenerme a mí, yo no podía imaginar cuánto. Cuánto había sufrido.
Dijo: Ven. Acércate un poco.
Entró y se adueñó de las partes quietas, mojadas, dormidas.
Gracias quiero dar al divino
laberinto de los efectos y de las causas
por la diversidad de las criaturas
que forman este singular universo,
por la razón que no cesará de soñar.
palabra de Borges
. Jorge Luis Borges . Buenos Aires . Argentina . 1899 . Ginebra . Suiza . 1986
En Chicago y Nueva Jersey, en clubes nocturnos,
en sitios clandestinos, durante los deprimidos treinta,
tu guitarra sonaba prodigiosa. Eso cuenta la leyenda.
Que le agrega un inevitable “bebedor y jugador”.
Con un toque exótico: te gustaba matar ratas en los basureros
y ver pasar los trenes.
De todas las mujeres que dejaste ir
sólo una te dolió. Hattie, la mudita, que te quiso de verdad
y se emocionaba al escucharte.
Porque así era. Tu música conmovía los corazones.
Aunque nunca lo creíste y sufrías: en Francia había un guitarrista mejor,
el gitano Django Reinhardt. Te torturaba Django Reinhardt.
Si la leyenda es falsa, tu vida fue una broma.
Si es cierta, fue una pesadilla.
Broma o pesadilla, fue una historia triste.
En los sueños de un artista siempre existe un Django Reinhardt,
un fantasma verdadero.
Luis Fernando Afanador
. Luis Fernando Afanador. Ibagué . Colombia . 1958
Hablábamos la lengua
de los dioses, pero era también nuestro silencio
igual al de las piedras.
Éramos el abrazo de amor en que se unían
el cielo con la tierra.
-
No, no estábamos solos.
Sabíamos el linaje de cada uno
y los nombres de todos.
Ay, y nos encontrábamos como las muchas ramas
de la ceiba se encuentran en el tronco. -
No era como ahora
que parecemos aventadas nubes
o dispersadas hojas.
Estábamos entonces cerca, apretados, juntos.
No era como ahora.
Rosario Castellanos
. Rosario Castellanos . Ciudad de México . México . 1925 . Tel Aviv . Israel . 1974
Antes que el sueño (o el terror) tejiera
Mitologías y cosmogonías,
Antes que el tiempo se acuñara en días,
El mar, el siempre mar, ya estaba y era.
¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento
Y antiguo ser que roe los pilares
De la tierra y es uno y muchos mares
Y abismo y resplandor y azar y viento?
Quien lo mira lo ve por vez primera,
Siempre. Con el asombro que las cosas
Elementales dejan, las hermosas
Tardes, la luna, el fuego de una hoguera.
¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día
Ulterior que sucede a la agonía.
Estamos abrazados en una cama improvisada en el piso.
Tus ojos están cerrados; pero no sé si dormís.
Este es tu cuarto de soltera,
un lugar agradable, neutral.
Por la ventana suben los ruidos
de un día que empieza a moverse.
La ropa permanece arrugada, a un costado
ignorando la farsa de dar y recibir.
Fabián Casas
. Fabián Casas . Buenos Aires . Argentina . 1965 . Fotograma .Requiem for a Dream . 2000 . Darren Aronofsky
Quiero dormir a tu lado y hacerte las compras y cargarte las bolsas y decirte cuánto me gusta estar contigo pero me siguen obligando a hacer estupideces […] Y quiero jugar a las escondidas y regalarte mi ropa y decirte cuánto me gustan tus zapatos y sentarme en el borde de la bañera mientras te bañas y hacerte masajes en el cuello y darte besos en los pies y llevarte de la mano e irme contigo a cenar y que no me importe que comas de mi plato y encontrarme contigo en el Rudy´s y hablar del día y escribir tus cartas y llevar tus cajas y reírme de tus paranoias y regalarte discos que nunca escucharás y ver películas buenísimas y ver películas malas y quejarme del programa de radio y hacerte fotos mientras duermes y levantarme para prepararte café con tostadas y pancitos y salir contigo a tomar un café al Florent en medio de la noche y dejar que me robes los cigarrillos y que nunca tengas fuego y contarte lo que vi en la tele la otra noche y acompañarte al oculista y no reírme de tus chistes y desearte por la mañana pero dejarte dormir un poco más y mientras darte besos en la espalda y acariciar tu piel y decirte cuánto me gusta tu pelo, tus ojos, tus labios, tu cuello, tu pecho, tu culo y sentarme a fumar en la escalera hasta que vuelva tu vecina y sentarme a fumar en la escalera hasta que vuelvas y preocuparme cuando te atrasas y asombrarme cuando te adelantas y regalarte girasoles e ir a tu fiesta y bailar hasta quedar negro y estar triste cuando me equivoque y feliz cuando me perdones y mirar tus fotos y desear haberte conocido desde siempre y sentir tu voz en mis oídos y sentir tu piel contra mi piel y tener mucho miedo cuando te enojes y se te ponga un ojo negro y otro azul y tu pelo hacia la izquierda y una cara de oriental y decirte estás preciosa y abrazarte cuando estés ansiosa y abrazarte más cuando sufras y desearte sólo con olerte y abusarme al tocarte y gemir cuando esté a tu lado y gemir cuando no esté a tu lado y babear sobre tu pecho y envolverte toda la noche y sentir frío cuando me quites la manta y sentir calor cuando no lo hagas y derretirme cuando sonrías y desintegrarme cuando rías y no entender y preguntarte por qué crees que te estoy rechazando cuando no te estoy rechazando y preguntarme cómo puedes pensar que yo sería capaz de rechazarte a ti y preguntarme quién eres , pero aceptarte igual y contarte acerca del ángel del niño del bosque encantado que voló sobre el océano porque te amaba y escribirte poemas y preguntarme por qué no me crees y tener un sentimiento tan profundo que no encuentra palabras y querer comprarte un gatito y sentir celos de él cuando reciba más atención que yo y retenerte en la cama cuando te tengas que ir y llorar como un bebé cuando finalmente te vayas y vaciar los ceniceros y comprarte regalos que no quieras y llevármelos otra vez y pedirte que te cases conmigo y que me digas que no otra vez, pero siempre fue en serio desde la primera vez y pensar que me estoy perdiendo a mí mismo y saber que contigo estoy a salvo y contarte de mí mismo lo peor e intentar darte lo mejor porque lo mereces y contestar tus preguntas cuando prefiera no hacerlo y decirte la verdad cuando en realidad no quiera e intentar ser honesto porque sé que lo prefieres y pensar que todo se acabó pero aferrarme allí durante diez minutos más hasta que me eches de tu vida y te olvides de quién soy e intentar acercarme a ti porque es hermoso aprender a conocerte y el esfuerzo vale la pena y hablarte mal en alemán y peor en hebreo y hacer el amor contigo a las tres de la madrugada y de alguna manera comunicarte ese amor abrumador, arrasador, incondicional, omnipresente y sempiterno que enriquece el corazón y libera la mente, ese amor eterno y presente que siento por ti.
Sarah Kane . Fragmento de "Ansia" (Crave)
. Sarah Kane . Brentwood . Reino Unido . 1971 . Londres . Reino Unido. 1999 Versión . Rafael Spregelburd ... Imagen . Olga Popova
Besame el corazón, pidió
entonces tomé un cuchillo
lo abrí desde la garganta
hasta el estómago
y rompiendo de a una sus costillas
hurgué y hurgué con los dedos
su tórax, hasta encontrarlo
estaba aún tibio y era rojo, grande,
hermoso como una fruta no imaginada
acerqué los labios para dar el beso más dulce de mi vida
luego cerré sus ojos
y le dije al oído
que siempre haría lo que él quisiera
Es el último día del año que vivimos en su totalidad.
Como diría Vivaldi,
pasamos las cuatro estaciones.
Hicimos el amor, nos lamimos como animales ebrios de sol.
No lo olvides: alcanzamos, juntos (nosotros), el cielo.
Y nadie tiene interés ni en regresar ni en saber de dónde vino.
José Luis Mangieri
... José Luis Mangieri. Buenos Aires. Argentina . 1924.2008
Miro como te deslizas áspera,
quieres adelantarte a tus tejanos,
la huida te oprime los cabellos.
Nada se torna encantador bajo esta noche,
se ha olvidado el maquillaje de luna
y los jazmines perecen sin rubor.
Tú muerdes tu lengua déspota,
yo me la trago, después el orgullo.
En tu cara de trébol pisado
el mohín que desprecias pelea con tu azul;
una sonrisa te queda mejor, mucho mejor,
pero hoy, ni los murciélagos ríen.
Tu silencio se deslaza incesante:
no me crees, dices; y duelen infinitas dagas
lacerándome, recortadas en el pecho
si tuvieras éxito y no aire, me pegarías
y yo sólo pienso en tatuarte la espalda
llena de libélulas temblando como yo
y si supieras un ápice de verdad
ahora estarías rompiéndome los dientes
con el metal de tu besos.
Quieres que me zambulla en el acíbar
que corroe hasta el metatarsiano;
te debo el sabor de la "vendetta"
aunque yo no sea artífice.
Tú mereces tener "algo mejor"
y yo soy tu "algo mejor"
que entre bostezos devora, de las nubes,
sus mejillas llenas de rosas.
¿Es nuestra deuda para con
el hacedor de las casualidades
por hacernos así: de un fuego casual?
Encarcelada en una bufanda frondosa,
te veo lacónica, desnudando los ojos;
y así te quiero y te querré,
bajo la misma piel, con otros tejanos.
Qué lejos de la tierra tu cuerpo
carne en la madera madera en el mármol
mármol sobre mármol apilado hasta los cielos.
¿Sentirán los insectos la llamada de tu cuerpo
rebosando cavidades y poros
mojándote el vestido?
Qué será de ti de nosotros si no llegan a olerte
y no corren a tu carne y en tu cuerpo no hacen nido.
Rezo a las larvas que coman tus entrañas
para traerte de nuevo a la tierra.
Sueño tu cuerpo como hierba
acariciando mi cuerpo rendido en la espesura.
Tela en los ojos
para vendar la madrugada caída en tu interior
para yo ser no más que
táctil y sonora y no más.
Cuerda en las muñecas que ata
y desata secretos, atado el cuerpo
libertando sugestiones
pronunciadas, los suspiros
rodeando y más vueltas y
llenan el lecho del preso,
hasta ahogar las ataduras
en su corriente
Fruto en la
fruta espira las vidas en la
piel impregnándola de carnes
pecho contra pecho
Zwetelina Damjanova
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. Zwetelina Damjanova. Sofía. Bulgaria . 1979 Poema escrito en español x la poeta